Caracas, 19 Mar. Agencia Bolivariana de Noticias (Hernán Mena Cifuentes).- El final de la II Guerra Mundial no trajo la paz prometida por los vencedores, sino una era de nuevas guerras desatadas por Estados Unidos en la que ha prevaleció la cultura de la muerte, demencial engendro, antítesis de la vida y el amor impuesta a la sociedad como un culto satánico en el que la tierra fue altar de sacrificio donde se inmolaba a millones de inocentes, haciéndole perder al ser humano su capacidad de dolor ante la muerte.
Convertido junto con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en las dos grandes potencias del planeta; EEUU, en complicidad con algunos aliados de Europa occidental e Israel, puso en ejecución un proyecto de dominación mundial, promoviendo directa o indirectamente invasiones y guerras en África, Asia, América Latina y Europa, que le permitió la ocupación de nuevos territorios y la ampliación de su influencia política y militar provocando con ello la muerte de millones.
Ante esa sucesión de genocidios cometidos por el Imperio con apoyo de los europeos en el marco de ese método orientado a borrar de la memoria de los pueblos cualquier vestigio de conciencia, este comenzó a surtir el efecto buscado en sus víctimas, que se tornaron inmunes al dolor natural que en el ser humano provoca la muerte, hasta que finalmente muchos se volvieron indiferentes ante la cotidiana ejecución de esos crímenes.
De ello dan prueba las guerras de Vietnam, Argelia, Mozambique, Congo, Angola, Yugoslavia, Guatemala, El Salvador, Nicaragua, e invasiones contra a Cuba, Granada, Panamá, Haití y otros países en los que se produjo un monumental baño de sangre, con la muerte de millones de hombres, niños, ancianos y mujeres, que fue moldeando en la conciencia de los pueblos, una impasibilidad ante el horror y el dolor, cumpliéndose de esa manera el macabro objetivo que persigue la cultura de la muerte.
Se trata de un remedo de filosofía de la vida en la que predomina el espectro de la muerte, donde el terrorismo de Estado y las guerras son utilizados como cortina de humo, supuestamente para defender la Democracia, Libertad y la Seguridad de EEUU y de otras naciones del Primer Mundo contra amenazas que, según sus gobernantes, provienen siempre de países del Tercer Mundo.
Lo cierto es que la razón oculta detrás de esos conflictos siempre ha sido la de apoderarse de sus recursos naturales, o la de asegurarse el dominio de su estratégica ubicación geográfica, todos ellos, cuidadosamente planificadas con el previo apoyo de una poderosa ofensiva de propaganda al mejor estilo goebeliano, que incluye el uso de publicidad subliminal para manipular la mente, a fin de hacerle perder al hombre, su natural rechazo a la muerte violenta, inseparable elemento de la condición humana.
El Papa Juan Pablo II fue el primero en acuñar el término «Cultura de la Muerte» en su Carta Encíclica Evangelium Vitae publicada el 25 de marzo de 1995, en la que, al condenar la eutanasia, el aborto, la pena de muerte, la ingeniería biológica el feticidio, en la que «se refiere a una mentalidad, a una manera de ver al ser humano y al mundo, que fomenta la destrucción de la vida humana más débil e inocente por parte de los más fuertes y poderosos, de los que tienen voz y voto.»
Paralelamente y desde mucho tiempo atrás, la conjura imperial de la cultura de la muerte, venía prosperando libremente, adquiriendo mayor fuerza en los últimos años, estimulada por la impunidad que tuvo en el siglo XX, por lo que confiado, EEUU se lanzó a la aventura bélica de Afganistán, con la excusa de perseguir a Osama Bin Laden, acusándolo de los de los atentados del 11-Sep.
No obstante, la acusación llevaba plomo en el ala, ya que la autoría de esos eventos fue sido atribuida por destacados científicos, políticos, periodistas e investigadores de siniestros y otros expertos, a los propios EEU, país que pose un amplio expediente como «fabricante» de falacias destinadas a culpar por hechos similares a otras naciones, para justificar sus guerras de conquista, como las esgrimidas tras el hundimiento del Maine, el ataque en el Golfo de Tonkim, y las Armas de Destrucción Masivas en Irak.
Habían transcurrido pocos meses de la invasión a Afganistán, cuando, hace exactamente 4 años, invadió a Irak, haciendo como siempre uso de la mentira para justificar dicha guerra, cometiendo uno de los genocidios más horrendos que registra la historia, al dar muerte sus tropas a cientos de miles de inocentes, torturar, violar y cometer masacres, y destruir museos y obras que guardaban la historia de la civilización que nació y floreció allí hace 5.000 años.
Fue tan grande la tragedia desatada en Irak y Afganistán; tanta la sangre derramada; tan horrendas las torturas perpetradas contra indefensos prisioneros en Abu-Ghrabi, Guantánamo y en las cárceles secretas; las masacres cometidas en pueblos y ciudades como Faluya, Haditha e Ishaqi que, ante aquella vorágine de barbarie tan hiriente, comenzó el despertar de la conciencia planetaria superando la amnesia inyectada por el Imperio a través de la Cultura de la Muerte.
Fue una reacción de La Humanidad contra ese ultraje a la dignidad y los principios éticos y morales que la rigen, y que ha despertado del letargo, dispuesta de manera y firme y decidida a poner fin a ese culto al olvido imperdonable, a fin de no tolerar mas la aberrante cultura impuesta por tan criminales mentes.
Entre esas voces figura la de Rubén Kotler, historiador y periodista argentino, quien en un reciente trabajo titulado «Acostumbrarse a la Muerte es un Crimen de Lesa Humanidad», está contribuyendo a derribar los muros de la fortaleza que protege a esa bárbara Cultura, haciendo un llamado a rechazarla a aquellos que todavía no se han recuperado de sus efectos.
Refiriéndose a los bombardeos yanquis sobre Irak, las incursiones palestinas en Palestina y otros hechos en los que la muerte cobra su alta cuota de vidas humanas, Kotler dice: «El problema en los casos mencionados y en otros similares, es que ya ni siquiera nos conmueven esas muertes. A lo sumo lanzaremos una expresión del tipo: ¡Que barbaridad!», o «!Cómo pueden vivir así!». Pero ya no nos conmoveremos. Esperaremos al día siguiente para ver cómo un nuevo atentado o un nuevo ataque aéreo ha dejado un saldo de 21 muertos. Como quien espera un resultado futbolístico, y esto aterra.»
«¿Hacia donde se dirige la Humanidad? La ONU ha lanzado al mundo su Declaración de Derechos del Hombre en 1948, pero, ¿Qué valor tiene esa Declaración? A veces parece ser que la humanidad ha perdido el rumbo. Y cuando la muerte se transforma en una costumbre, cuando la guerra es apenas un espectáculo que retransmite en directo la CNN, como si de un partido de fútbol se tratara, sin que nadie al menos proteste, ya no por rebeldía, sino por asco, es cuando nos preguntamos: ¿Qué sentido tiene seguir discutiendo sobre los Derechos Humanos en congresos o jornadas.»
«La Muerte es ajena, aunque no debiera serlo. Esa Muerte, la de Irak, la de Afganistán, la de Palestina. Esa, debería ser un llamado de atención sobre ¿Qué ha pasado con la humanidad para que se repitan las tragedias del pasado?»
«Hay criminales, profesionales de la muerte que lanzan discursos de Derechos Humanos: -’Invadimos por la Libertad y la Democracia. Asesinamos para que no nos asesinen’, argumentan. Y el ciudadano común mira absorto a través de la pantalla, como si a él no le correspondiera emitir un juicio, salir a la calle a manifestar, presentarse en un juzgado y denunciar que afuera, en el mundo, están asesinando gente. Sin embargo, nada de esto ocurre. Nadie protesta, nadie se rebela, nadie denuncia. O al menos, casi nadie.»«Porque en rigor de verdad, quienes denuncian no son suficientes».
«Las voces que ponen el grito en el cielo y en la tierra son pocas, son «los locos de siempre, los zurdos, los inconformistas». Si embargo hay en esas voces un reservorio moral que permite tener al menos la esperanza que no estamos solos, y que no somos pocos los que nos horrorizamos por aquellas muertes. Porque hay que decirlo bien claro:
«Aquellas muertes, las de Irak, las de Palestina, las de los muertos de lesa humanidad. crímenes que tienen criminales. ¿Bush, el sistema? Culpables por acción o por omisión, también nuestra sociedad, esa, la occidental y cristiana tiene parte de responsabilidad. Por mirar esas muertes y no decir nada, ni siquiera por conmoverse. Simplemente por acostumbrarse a la muerte, acostumbrarse al horror, acostumbrarse a algo que nadie puede, ni debe acostumbrarse nunca.»
«Si es Bush el culpable, debe pagar por los crímenes cometidos. Si es el sistema, debe ser transformado. Un sistema que asesina, que mata, que invade países y pueblos y que acostumbra a sus ciudadanos al espectáculo de la muerte y del horror, no puede ser bueno. Debe ser modificado en sus valores, en sus raíces, en sus axiomas. Porque de lo contrario, cuando nos toque quedar bajo fuego enemigo y se nos acerque la parca, y nos mire de cerca para decirnos que es nuestro turno, no habrá derecho a réplica. Y no será una muerte digna.»
«Acaso si existe una muerte digna. Porque cuando un misil es lanzado desde un helicóptero o desde un tanque y entra en un hogar, no son números los que mueren. No son 10 palestinos, 2 niños, 3 mujeres y 5 militantes de Hamas. Son historias. Historias de hombres, mujeres y niños que tienen nombre, apellido y una vida que se ha diluido en la miseria humana. Acostumbrarse a esa muerte no es la actitud intelectual que debemos tener. Todo lo contrario. Debemos pensar que cada una de esas vidas que se van injustamente es la nuestra. Somos nosotros, nuestros amigos o familiares.»
«Solo así podremos volver a darle sentido a la vida. Y saber que somos capaces de jugarnos la vida de toda una humanidad que se muere. Como lo han hecho en Gaza al formar un escudo humano cientos de personas y evitar un ataque certero en el corazón de la humanidad.»
Y eso es precisamente lo que hoy están haciendo millones de personas, al cumplirse 4 años de ese genocidio que es la guerra absurda e inmoral que el Imperio lanzó contra Irak, pensando que la humanidad habría de permanecer siempre bajo el yugo de la cultura que le impuso durante tanto tiempo, pero que al fin ha despertado del letargo, llevando por el mundo su repudio y condena hasta frente a las mismas rejas de la Casa Blanca.
En multitudinarias marchas y concentraciones que se realizan en cientos de pueblos y ciudades en la víspera de la conmemoración del cuarto aniversario de la fatídica fecha, le dicen a EEUU, «Basta ya de guerras» y exigen que «El Nerón del siglo XXI sea llevado a juicio para pagar por los crímenes que ha cometido en nombre de un Imperio que ha asesinado a millones de inocentes en nombre de la Cultura de la Muerte».
Pero, más que marchas y concentraciones, se requiere de una estrategia coherente, a fin de tomar por asalto final, la fortaleza levantada durante más de un siglo de conquistas por un imperio (hoy debilitado y en decadencia), mediante acciones orientadas a profundizar la brecha abierta en el corazón del monstruo, herido de muerte tras la aplastante derrota sufrida en Irak, donde ha muerto la Cultura de la Muerte que la ambición imperial pretendió imponerle al mundo.